Apego y relaciones
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Apego y relaciones
Si hay una necesidad vital para los mamíferos es la de generar vínculos con otros miembros de su especie (e incluso, a veces, con individuos de otras especies). Los humanos nacemos con la capacidad y la necesidad de conectar con los demás. En primer lugar, con nuestros cuidadores, pero también, a lo largo de la vida, con otras personas con las que generamos una conexión especial. Sabemos que esas conexiones son fundamentales para nosotros. Lo contrario —quedar fuera del grupo o no contar con vínculos fiables— no sólo amenaza nuestra salud mental y nuestro bienestar; también conlleva, de forma implícita, un riesgo para nuestra supervivencia.
Las consecuencias de la falta de vínculos confiables empezaron a observarse clínicamente hace ya varias décadas. En los años 40, René Spitz estudió a bebés que crecían en instituciones, atendidos físicamente pero sin una figura afectiva estable. Observó que, tras una separación prolongada de sus madres o en ausencia de contacto emocional, muchos de ellos sufrían un deterioro progresivo: dejaban de sonreír, de responder, de crecer, a pesar de recibir cuidados físicos básicos. Algunos de ellos incluso llegaban a morir.
Unos años más tarde, John Bowlby, trabajando como psiquiatra infantil en clínicas y hogares para menores, vio que muchos niños con conductas desafiantes o aparentemente desconectadas escondían una gran angustia.
La falta de una figura estable y emocionalmente disponible afectaba su capacidad para confiar, para regularse y para construir una imagen segura del mundo.
Bowlby no llegaba a estas observaciones desde la neutralidad científica. Había crecido en una familia británica de clase alta, donde era habitual que los niños fueran criados por niñeras y apenas vieran a sus padres. Su vínculo más importante en los primeros años fue con una niñera que desapareció de su vida de forma abrupta cuando él tenía cuatro años. También recordaba la frialdad emocional de su madre, que lo veía sólo una hora al día y evitaba mostrar afecto, siguiendo las convenciones de su clase social en aquella época.
Estas experiencias infantiles, sumadas a su trabajo clínico, llevaron a Bowlby a desarrollar la teoría del apego, que hoy sigue siendo una de las bases para entender cómo nos vinculamos a lo largo de nuestra vida.
Estas experiencias infantiles, sumadas a su trabajo clínico, llevaron a Bowlby a desarrollar la teoría del apego, que hoy sigue siendo una de las bases para entender cómo nos vinculamos a lo largo de nuestra vida.
Junto a Mary Ainsworth, definieron tres grandes estilos de apego a partir de la observación de bebés ante la separación y el reencuentro con su madre, en un experimento conocido como la situación extraña (se pedía a la madre que se ausentara, dejando al bebé con el experimentador, y volviera al cabo de unos minutos):
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Apego seguro
El niño se angustia al separarse, pero se calma con el reencuentro. Confía en que srá reconfortado. -
Apego evitativo
El niño parece no inmutarse ante la separación ni el regreso, pero se infiere que lo que hace es inhibir su necesidad de afecto porque ha aprendido que no será atendida por el adulto.
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Apego ambivalente o resistente
El niño se angustia intensamente con la separación y no se calma con facilidad al volver a ver a la madre. Puede buscar contacto, pero también mostrar rabia o rechazo.
Más adelante, Mary Main y Judith Solomon identificaron un cuarto tipo:
Apego desorganizado
El niño presenta respuestas contradictorias o confusas. Se acerca con miedo, se paraliza o muestra conductas desorientadas. Este patrón es más frecuente cuando la figura de apego ha sido también una fuente de miedo o ha habido experiencias traumáticas
Gracias a estas observaciones, hoy sabemos que no todos vivimos los vínculos de la misma manera, que para algunas personas pueden producir emociones complicadas de gestionar, mientras que otras los experimentan con seguridad.
Sin embargo, aunque estas categorías pueden ofrecer una primera orientación, no creo que encasillar a alguien en un estilo de apego sea lo más útil en términos terapéuticos. Lo que considero realmente útil es detectar qué aspectos concretos de la interacción le generan dificultades para entender qué le crea malestar y cómo se le puede acompañar hacia formas de relacionarse que le resulten más satisfactorias.
Las heridas en el apego
Lidiar con dificultades en nuestra forma de relacionarnos con los demás es de las complicaciones más duras que podemos experimentar como humanos y afecta a casi cualquier aspecto de nuestra existencia, además de generarnos un malestar intenso y una dolorosa sensación de carencia. Veamos algunas de las problemáticas que nos podemos encontrar:
- Ser diferente. Tener características que nos hacen diferentes de la mayoría puede provocar que nuestras interacciones con los demás no sean del todo fluidas. Pensemos en una persona neurodivergente (podemos incluir las altas capacidades). Ser diferente, incluso aunque implique tener fortalezas o habilidades notables, puede complicar la relación con los demás.
Además, con el tiempo, es habitual que aparezcan patrones más desadaptativos para evitar el dolor que agraven las dificultades primarias. Los pequeños rechazos, la ansiedad o la dificultad para disfrutar de las relaciones hacen que nos volvamos cada vez más temerosos e inseguros y que vayamos acumulando resentimiento. Como forma de defensa, válida en su contexto original, empezamos a crear protecciones más rígidas para no sufrir… pero esas mismas barreras dificultarán aún más los vínculos futuros. Con el tiempo, la persona puede volverse sumisa y dependiente, ocultando su auténtica personalidad, o bien optar por aislarse y volverse cada vez más inaccesible.
- Vínculos tempranos inseguros. Por diferentes motivos, nuestros cuidadores pueden no ser capaces de aportarnos seguridad, regulación emocional, estabilidad y validación. Aunque nuestra manera de vincularnos depende también de nuestras propias características, lo más determinante es la manera en la que somos atendidos durante nuestro desarrollo. El impacto de esas relaciones es enorme, en todos los niveles.
¿Nos sentimos dignos de ser amados? ¿Podemos confiar en los demás? ¿Seremos capaces de generar relaciones seguras, con límites apropiados (ni demasiado rígidos ni demasiado laxos)? ¿Somos capaces de cuidar al otro, de sacrificarnos por él… y también de permitir que nos cuiden? Estas preguntas, que no necesitamos plantearnos explícitamente para que estén ahí determinando nuestra manera de relacionarnos, nacen en la infancia y nos siguen acompañando en nuestra adultez.
Si hemos sido abandonados, hemos sufrido maltrato, nuestros cuidadores han sido inconsistentes, tanto las propias heridas como lo que ha faltado en esas relaciones condicionarán nuestra manera de relacionarnos.
- El dolor intenso de la activación del sistema de apego. Cuando nuestras necesidades de apego se activan, la reacción fisiológica es muy intensa. Dado lo importantes que son los vínculos para nuestra supervivencia es normal que así sea, es un sistema diseñado para movilizarnos, y para eso tiene que ser potente.
Pero, ¿qué ocurre cuando esa necesidad no puede verse satisfecha, o no sentimos que se haya satisfecho? Porque que exista un vínculo, incluso aunque el otro quiera estar, no significa que lo vayamos a experimentar como seguro. O, en ocasiones, puede que no existan esos vínculos y que sea complicado que se generen en el corto plazo.
Veamos algunos ejemplos:
- La soledad se me hace intolerable. No soporto la sensación de vacío que siento. Los sentimientos son tan desgarradores que hago lo que sea para no experimentarlos. Ante ese dolor, muchas personas recurren a cualquier conducta, como por ejemplo conductas adictivas, impulsivas o de evasión, con el objetivo, no siempre consciente, de transformar o no sentir ese vacío, esa ansiedad, esa sensación insoportable de falta de algo vital.
- Siento que peligra una relación. Se me activa el sistema de protesta mamífero ante la percepción, real o no, de abandono. La aparición súbita de emociones difíciles de gestionar puede abrumarme, y potenciar en mí conductas que alejan aún más al otro, al que temo o me duele perder, o que he sentido que me rechazaba.
- La lucha entre diferentes sistemas en mi interior. Lo más complejo se produce cuando mi sistema de apego me pide que me acerque a alguien, pero otros sistemas de protección que se han generado en mí tras muchos desencuentros y desengaños, me piden que vaya en dirección opuesta. Aquí se puede desatar una lucha intensa entre reacciones automáticas que buscan protegerme de maneras opuestas. Esto no solo es duro de sentir, también asusta y confunde a quienes se relacionan conmigo
Reparando el apego
Comprender todo esto no es suficiente, pero es un punto de partida. No hay una fórmula mágica para reparar los vínculos ni una técnica que desactive el dolor relacional de golpe. Pero sí hay caminos posibles: entender nuestras reacciones, detectar qué sistemas se activan en cada situación, reconocer las heridas que siguen abiertas y los patrones que se nos ponen en marcha, para así construir formas nuevas de relacionarnos, más conscientes y menos reactivas.
Revisar nuestras experiencias de apego no significa buscar culpables, sino ver con más claridad cómo se han configurado nuestras respuestas. Y a partir de esa comprensión, procesar algunas de esas experiencias y empezar a introducir cambios. A veces, implicará exponernos un poco más, aunque dé miedo. O poner límites más claros, aunque genere culpa. O dejar de perseguir conexiones imposibles, aunque duela. No es fácil, pero sí es posible.
No creo que podamos elegir totalmente cómo relacionarnos, ya que está condicionado por demasiados factores, algunos de ellos implícitos, pero desde luego, podemos aprender a navegar las emociones intensas de maneras más funcionales e introducir ajustes en nuestro comportamiento. Estos cambios pueden tener un efecto multiplicador que transforme nuestros vínculos.
Para seguir profundizando sobre el apego y las relaciones
Límites interpersonales
Para tener relaciones saludables es imprescindible aprender a gestionar los límites con los demás. Lejos de lo que se suele creer, poner límites es un acto de amor, tanto hacia el otro como hacia nosotros mismos. En esta entrada puedes aprender más sobre límites:
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