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10 Septiembre 2025

Aprender a no juzgarme y no juzgar a los demás

Aprender a no juzgarme y no juzgar a los demás

Eran las siete de la tarde y llevaba bastantes horas pedaleando. Aunque era agosto, había dado por supuesto que encontraría un lugar en el que dormir, ya que llevaba una pequeña tienda de campaña fácil de ubicar en cualquier sitio. 

-Está lleno- me dijo el propietario del camping. 

-¿Sabes dónde podría dormir?- fue mi manera de insistir un poco mediante el poco francés que recordaba de mi etapa de estudiante.  

-¿En otros campings?- me devolvió sonriente. 

Me senté, un poco desesperada, en el bar que estaba junto a la recepción y mientras tomaba un refresco, fui haciendo llamadas.  En algunos campings ya ni me contestaban, y en los que lo hacían me decían de inmediato que estaba todo lleno. Me planteé ya con cierta preocupación las opciones que tenía. Dormir al raso era algo que prefería evitar. Volví a la recepción.

-¿Sabes si hay algún sitio seguro en el que pueda acampar por aquí cerca? ¿Me diría algo la policía? 

-¿Cómo es la tienda?- me preguntó entonces el recepcionista. 

-Pequeña, muy muy pequeña- vi mi oportunidad e intenté facilitarla.

Me miró y sonrió al proponerme su idea: "Puede que haya un sitio". Se notaba que estaba contento de poder ayudarme. Había encontrado un lugar para mí en su camping. Chapurreó algo de castellano. Estaba siendo amable y trataba de ayudar.  

-¿Podría también lavar la ropa?- le pregunté cuando ya tenía la plaza garantizada. 

Salí de la recepción con un pequeño lugar con vistas para mi tienda, una ficha para la lavadora, otra para la secadora y una cápsula de detergente. Un rato después, con la tienda ya montada, me dirigí a la lavandería. Mientras esperaba a que la ropa se lavara, empecé a observar las fotos de la pared. Y entonces, me di cuenta de que contaban una historia. Una historia muy triste sobre el hombre que me había ayudado amablemente en la recepción. 

Las fotos eran un pequeño homenaje a su pareja, una mujer que posaba sonriente a su lado en diferentes situaciones. Se les veía muy felices. Él estaba radiante. Pero había más fotos que me congelaron la sonrisa al instante: eran fotografías de la lápida de ella cargada de ramos de flores, y fotos de él con los hijos de ella ya adolescentes. Por lo que pude leer, estaba orgulloso de poder acompañarles en los momentos importantes de su vida ahora que su madre no estaba. Él no era muy diferente en la actualidad, así que no hacía muchos años que ella había fallecido. Probablemente, el duelo continuaba. 

Cuando estuve en la recepción, bastante preocupada por dónde podría dormir esa noche, ensimismada en mi problema, ni se me había pasado por la cabeza por lo que estaba pasando ese hombre, que pareció al principio poco colaborativo. De hecho, si él no hubiera exteriorizado su dolor mediante ese homenaje, jamás lo hubiera sabido.

Nuestras interacciones están cargadas de momentos así, en los que cada uno trae sus dificultades, sus heridas y sus urgencias, y no sabemos por qué el otro actúa de una manera determinada ni imaginamos la historia o los sufrimientos con los que carga la persona que tenemos delante. 

Con esto no quiero decir que tengamos que vivir tratando de adivinar lo que le ocurre a cada persona con la que nos cruzamos, ni justificar por ejemplo las malas acciones de los demás atribuyéndolas a lo que han vivido. Tampoco que la compasión sirva para justificar o permitir aquello que no queremos (por eso es importante reflexionar acerca de los límites).

La enseñanza importante de esta historia es que debemos tratar de no juzgar. De no juzgar a los demás, pero tampoco juzgarnos a nosotros mismos. Porque aunque no estemos pasando por una situación tan difícil como la del recepcionista del camping, todos tenemos que manejarnos con un mundo interno que puede ser realmente difícil de gestionar y por situaciones vitales muy duras. 

SER HUMANO ES COMPLICADO

Ser una persona no es nada fácil. No nos damos cuenta de todo lo que tenemos que gestionar a la vez: pensamientos, emociones, sensaciones físicas a partir de nuestros procesos internos (hambre, sed, dolor, cansancio...) y del contacto con el exterior (frío, calor, incomodidad, presión...). También la activación de recuerdos, buenos y malos, que interfiere con nuestro presente. Constantemente, lidiamos con muchísima información y sensaciones, a veces muy desagradables. Y nuestros manuales de instrucciones sobre cómo gestionarlo todo, desde nuestro mundo interno hasta nuestras interacciones, suelen tener importantes errores que desconocemos o que no podemos dejar de aplicar. Hacemos lo que podemos.

Generalmente, pensamos en las emociones en abstracto, olvidando cómo se sienten en el cuerpo. Las emociones agitan el cuerpo, producen cambios fisiológicos intensos, nos movilizan o paralizan, aceleran el corazón, provocan punzadas repentinas o una sensación casi intolerable de vacío, nos impulsan a escondernos o a atacar, a envidiar a quien queremos y a temer lo inofensivo. Sin que lo elijamos, en cualquier momento y situación

Al mismo tiempo que estamos sintiendo en nuestra carne infinidad de sensaciones y nuestros pensamientos se agolpan ("soy un fraude", "¿lo estaré haciendo bien", "no soy capaz", "no me puedo fiar"), tenemos que dar respuestas adecuadas a nuestro entorno. Queremos cumplir objetivos, cuidar nuestras necesidades, agradar a los demás. Buscamos ser amados, pero sin perder nuestra autonomía. Dar una buena imagen sin perder nuestra posición o nuestro estatus. Queremos parecer seguros incluso cuando dudamos, confiables aunque pensemos insistentemente que no valemos o que nunca es suficiente. Nos vemos en medio de luchas de poder y ante respuestas airadas que quizá ni entendemos pero que nos ponen a la defensiva. 

Queremos vivir intensamente, pero no sentirnos desbordados. Queremos jugar, pero no sentir un vértigo intolerable. Queremos comer un pastel, pero también cuidar la salud. Queremos hacer algo que deseamos, aunque alguien se pueda molestar por ello. Si nos reprimimos, aparece el resentimiento; si lo hacemos, la culpa. Queremos resultar atractivos y nos importa la imagen física, pero tememos volvernos superficiales o que no nos vean como la persona completa que somos. 

Convivimos con dolor físico, pérdidas, miedos, frustraciones y rechazos. No queremos volver a sentirnos vulnerables, pero anhelamos intimidad. Nos sentimos inseguros con nuestro cuerpo, deseamos y tememos a la vez. Queremos mostrarnos tal como somos, pero nos asusta entonces no gustar o experimentar el terrorífico rechazo. O somos muy transparentes, y no entendemos por qué el resto no lo son. Nos desagrada la soledad, hasta nos duele, pero también podemos sentirnos invadidos o amenazados cuando alguien se acerca. O quizá somos incapaces de confiar porque ya hemos saboreado la traición. 

TRATARNOS CON DELICADEZA PARA APRENDER A NO JUZGAR

Es mucha información que gestionar simultáneamente, mucho que sentir. Y en medio de todo eso podemos caer en juzgarnos severamente. De hecho, es muy habitual que lo hagamos. Juzgarnos por lo que sentimos, pero también por lo que no. Por lo que deseamos. Por los pensamientos automáticos, aunque no los elijamos. Como tampoco elegimos qué emoción se activará. Por lo que no conseguimos controlar. Pero también por lo contrario: porque una parte de nosotros que siempre quiere más y para la que nunca es suficiente nos exige y nos aleja del disfrute. Nos juzgamos por considerarnos débiles, por no haber logrado lo que pensamos que ya tendríamos que haber conseguido a estas alturas. Por comparación con los otros y por los comentarios que recibimos de los demás. 

Sin embargo, cuando una persona anhela estar mejor, conocerse más o encontrar un equilibrio interno, el primer paso siempre es mirarse con más compasión y con menos juicio. Curiosamente, para cambiar ayuda empezar por aceptar lo que hay en la actualidad. Marsha Linehan ya expresó que se puede querer cambiar y aceptar lo que somos al mismo tiempo. Pero no es fácil, es un proceso en el que lo que funciona es la delicadeza para llevarnos del juicio a una visión más amable, una vez tras otra. Sin caer en juzgarnos porque nos hemos descubierto juzgando, claro. A veces, requerirá incluso de un trabajo más profundo, porque la crítica puede tener sus funciones en nuestro sistema interno

Poco a poco, la habilidad de no juzgarnos se extiende a la visión de los demás y se va haciendo más natural al observarnos a nosotros mismos. Y realmente merece la pena ese empeño, aprender a cultivar el no juicio con paciencia y suavidad, porque es una cualidad que mejora sustancialmente nuestra calidad de vida y nos facilita mucho las interacciones con los demás. 

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