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Equilibrio interno
Las personas no estamos hechas de una sola pieza. Dentro de nosotros coexisten diferentes aspectos que pueden entrar en conflicto entre sí.
Por ejemplo, podemos anhelar tener relaciones íntimas, y sentirlo a momentos como una necesidad tan imperiosa de conectar con alguien que hasta nos duele físicamente. Pero también, tras algunas experiencias negativas, podemos haber desarrollado patrones evitativos que nos distancien de los demás.
Esos patrones de protección pueden ahogar nuestra necesidad de conexión a cambio de la sensación de seguridad que nos proporciona no mostrarnos vulnerables. Si no me muestro, si no busco un vínculo, no me pueden rechazar, ni descartar ni engañar. Pero eso no elimina mi necesidad de conexión, de intimidad y de que alguien me vea y me acepte como soy.
Este es sólo un ejemplo. Hay muchos otros aspectos nuestros que pueden entrar en conflicto:
- Nuestra moral y nuestros impulsos, necesidades y deseos: quiero respetar a mi pareja, pero también me siento tentado a serle infiel.
- El deseo de fluir y la necesidad férrea de control.
- Una adicción y el propósito honesto de cambiar.
- Una parte dura que protege con rabia y otra muy vulnerable que sólo quiere ser cuidada.
- El sentimiento de confianza en mí mismo/a que alterna con el sentirme incapaz de lograr lo que quiero o la desesperanza sobre poder conseguirlo.

En algunas personas, estos conflictos no son anecdóticos. Son potentes, persistentes y desestabilizadores. Cuando el conflicto interno se vuelve crónico o intenso:
- Consume recursos mentales y emocionales.
- Causa confusión en nosotros y en los demás debido a la alternancia de conductas contradictorias.
- Produce parálisis: quiero avanzar, pero no hago lo que sé que tengo que hacer para conseguirlo.
- Hace que me sienta débil: si las partes de mí más impulsivas o emocionales acostumbran a dominar mis conductas, puedo llegar a dudar de mi capacidad para dirigir mi vida.
- Puedo volverme más rígido/a: Si, por el contrario, ganan fuerza las partes de mí basadas en la planificación y la gestión, iré perdiendo la conexión con mis necesidades emocionales y perderé flexibilidad.
- Puedo sentir mi identidad desdibujada: si hay inestabilidad en mi conducta o en el sentido de mí mismo/a, me va a costar tener claro quién soy.
- Puede afectar a mis relaciones: los demás pueden apreciar e incluso sufrir mis oscilaciones, lo cual puede debilitar mi relación con ellos.
Buscar equilibrio no consiste en imponer una parte de nosotros sobre otra. Es reconocer nuestras diferentes necesidades, aceptar sin juicios que están ahí y buscar la manera de que se puedan reconciliar. Esto implica que nuestros patrones rígidos se flexibilicen para abrir espacio a otras maneras de estar. Y asumir que no somos máquinas precisas, sino unos seres complejos que lidian con muchas complicaciones.
Cuando logramos que el conflicto se calme, podemos vivir de forma más integrada y flexible.

Tradicionalmente, la psicología ha tratado muchos de estos conflictos como una batalla entre la razón y la emoción, representadas como fuerzas separadas y en tensión constante. Esta representación ha estado presente ya desde la Antigüedad y ha continuado a lo largo de la historia en la filosofía, la psicología y las artes.
Es también un tema recurrente en las narrativas que construimos sobre nosotros mismos y los demás. ¿Te suena la frase: “Mi corazón quiere esto pero mi mente quiere esto otro”?
En la actualidad, empezamos a entender que esta dicotomía es demasiado simplista. Las emociones no son irracionales por definición, ni la razón es fría y aislada del cuerpo y los sentimientos. La neurociencia actual revela que cognición y emoción no son sistemas independientes, sino circuitos que se coactivan e influyen mutuamente.
Por lo tanto, el conflicto no es una guerra entre dos bandos, sino una conversación difícil entre diferentes partes de nosotros. Y aunque esa conversación pueda ser compleja, abordarla puede ser profundamente transformador.

El conflicto se presenta de diferentes maneras en el proceso terapéutico, y obviarlo puede conducir a que este descarrile o la persona pierda la motivación. Algunos casos habituales:
- Existe una fobia intensa a abordar determinados recuerdos, pero también puede manifestarse una gran urgencia por tratarlos para intentar solucionar el malestar lo antes posible.
- Aunque existe motivación para iniciar e implicarse en la terapia, una gran desesperanza lastra el avance.
- Ell miedo a ilusionarse o a no poder sostener los avances bloquea la mejoría.
- Se quiere tener una vida saludable y un buen autocuidado, pero se cede repetidamente a una adicción o a una conducta problemática.
A veces, con hacerlo explícito el conflicto puede ser suficiente para que la persona tome conciencia y los patrones empiecen a suavizarse, pero a menudo será necesario hacer un trabajo específico con las diferentes partes en juego para encontrar un mayor equilibrio.

En diferentes modelos que tratan de abordar el conflicto interno, como la Internal Family System, se puede observar una conceptualización similar de las diferentes partes en juego:
- Las partes heridas o vulnerables. Contienen el dolor original con el que la persona evita conectar: experiencias de rechazo, abandono, traición, humillación o invalidación. Cuando estas amalgamas de recuerdos vívidos, creencias negativas y emociones difíciles de gestionar se activan en la persona, el malestar puede ser realmente abrumador y extremadamente doloroso.
- Las partes protectoras, a menudo denominadas “defensas”. Intentan evitar que volvamos a experimentar ese dolor almacenado en nuestro sistema nervioso a través de los recuerdos. A veces a costa de rigidez, aislamiento, desconexión o conflicto con los demás. .
Dentro de las partes protectoras, se pueden distinguir dos subtipos:
- Las partes protectoras que evitan el dolor y buscan el placer a través de la distracción, el consumo de sustancias, la comida, la hiperactividad, el sexo, las pantallas....
- Las partes orientadas al control y el logro: el perfeccionismo, la autoexigencia, la anticipación constante, la crítica, la imagen idealizada que nos formamos de nosotros mismos, de otros o de algo (una relación, un trabajo…)
Aunque el objetivo de los dos subtipos de partes protectoras sea el mismo, su camino de ruta para conseguirlo es muy diferente, lo que genera conflicto entre ellas: una parte quiere descansar, otra no lo permite; una quiere conectar, otra evita cualquier gesto de vulnerabilidad; una quiere esforzarse por un futuro mejor, otra sólo quiere sentirse bien en el presente, divertirse y disfrutar.
Cuando el conflicto se calma y estamos regulados, podemos acceder a un estado de mayor integración. Desde ahí estamos con nosotros mismos y el mundo con más amabilidad, más seguridad, coherencia, apertura.

Trabajar el conflicto interno requiere un enfoque cuidadoso y gradual. A continuación, describo cómo sugiero yo estructurar este proceso para que cada parte pueda ser reconocida, respetada e integrada.
- Representar el conflicto
Consiste en identificar las partes activas, sus dinámicas y cómo interactúan con las otras partes. Las partes en conflicto exacerban la posición de las otras partes, produciéndose escaladas o posicionamientos más rígidos.
Si, por ejemplo, cuando se activa una parte necesitada de amor, la persona acaba perjudicándose a sí misma de diferentes maneras, las partes que buscan el control se van a ir volviendo más rígidas y limitarán la apertura, lo cual a su vez provocará que las partes que quieren conexión, cariño y ser vistas, estén aún más hambrientas y desesperadas.
- Conocer la historia de cada parte
Exploramos cuándo nació cada parte, en qué contexto y qué intentaba proteger, cómo se ha ido radicalizando a partir de las diferentes experiencias y los intentos fallidos de solución, por qué no se permite descansar y qué requisitos necesita del sistema interno para poder relajarse.
Este trabajo, en algunos abordajes se considera literal; es decir, que cada parte existe realmente y se busca incluso la comunicación directa con ellas. Para mí, sin embargo, es un trabajo metafórico. Creo que las partes en cierto modo existen (por ejemplo, algunas partes se originan en los sistemas emocionales, como el de la rabia, el apego, el juego), pero no creo que habitualmente se pueda establecer una comunicación verbal y directa.
- Validar su función
Reconocemos la intención adaptativa de cada parte, aunque su resultado actual pueda ser disfuncional. Y agradecemos el trabajo que han hecho por todo el sistema.
- Flexibilizar los patrones
Exploramos nuevas maneras de funcionar, pequeños pasos que conduzcan a una flexibilización de los patrones y un reajuste progresivo del sistema.
- Procesar con EMDR los recuerdos traumáticos subyacentes al dolor emocional y los patrones de protección
Cuando el origen de la rigidez es un trauma no integrado, se puede trabajar con EMDR para reprocesar los recuerdos subyacentes y liberar al sistema de la necesidad de repetir patrones de protección. También se puede trabajar directamente en los propios patrones de protección con EMDR, como proponen autores como Jim Knipe o Dolores Mosquera. .
- Reeducar las partes con terapia cognitivo-conductual
Algunas partes necesitan algo más que alivio: necesitan aprender. Trabajamos para desarrollar recursos y habilidades y construir garantías internas reales que permitan que las partes protectoras se relajen.
Por ejemplo, para que una parte controladora pueda soltar su función, es necesario fortalecer la regulación emocional y la gestión de impulsos, de modo que se relaje el temor de que una parte más impulsiva cause problemas. Si una parte trata de controlar el apego a raíz de experiencias negativas pero también de la apertura sin filtro de una parte necesitada de amor, , la parte más vulnerable deberá aprender a ser más selectiva, a poner límites y a sostenerse emocionalmente.
- Promover empoderamiento, regulación e integración
El proceso apunta a fortalecer a las partes debilitadas, mejorar la autorregulación emocional y ganar confianza en la propia capacidad de gestión del mundo interno y de desenvoltura en el exterior.
El objetivo no es que las partes desaparezcan, ya que cumplen funciones importantes dentro del sistema, sino que puedan seguir ejerciendo su función de forma más adaptativa y con menos conflicto interno.
Se trata de empoderar a la persona como un todo, favoreciendo que pueda funcionar de manera integrada, abrazando y equilibrando sus diferentes aspectos internos con cariño y menos juicio.
Conclusión
Cuando detectamos que un conflicto interno consume mucha energía de la persona o dificulta su avance, puede ser una buena idea explorar cómo interactúan las diferentes partes que lo protagonizan.
El objetivo no es eliminar esas partes que han entrado en conflicto, sino favorecer mediante un trabajo metafórico y el procesamiento de memorias, que puedan armonizarse y permitir un funcionamiento interno más regulado e integrado.
Neurocientíficamente, esto tiene sentido. Nuestro cerebro funciona a través de múltiples redes interconectadas que interactúan constantemente. Cuando experimentamos un conflicto interno intenso, es común que una red neuronal emocional como la amígdala (que gestiona el miedo o la ira) compita con circuitos frontales asociados al autocontrol y al razonamiento. El equilibrio surge al cultivar una conexión flexible entre estas redes, lo que nos permite responder con sabiduría a situaciones complejas en lugar de quedar atrapados en impulsos automáticos.
Desde esta perspectiva, el equilibrio interno no busca negar la intensidad emocional ni idolatrar una racionalidad fría e insensible. Más bien, promueve integrar todas nuestras experiencias internas desde la aceptación y el autoconocimiento profundo. Aprender a dialogar con nuestras emociones, entender la información valiosa que nos aportan, y utilizar nuestra capacidad racional para decidir conscientemente cómo actuar. Así, nuestro conflicto interno deja de ser una lucha agotadora y se convierte en una conversación honesta, capaz de conducirnos hacia una vida psicológica más plena y auténtica.
Para seguir profundizando sobre el equilibrio interno
No juzgar
- Por qué no juzgar a los demás pero tampoco a nosotros mismos. Aprender a rebajar el juicio es un paso necesario en la búsqueda del equilibrio interno.
- Aunque pueda parecer paradójico, la aceptación es el primer paso para el cambio.
- Marsha Linehan nos muestra su herramienta de aceptación radical, la cual podemos practicar para acercarnos una mejor integración de cualquiera de nuestros aspectos.