Lucha, huida, congelación y sumisión, las respuestas ante las amenazas

Desde un punto de vista evolutivo, tiene sentido pensar que la función primordial de nuestro cerebro es la de salvaguardarnos y facilitar que nos reproduzcamos. Por eso, tal y como explica Helen Fisher, la antropóloga especializada en el amor, el enamoramiento es un impulso tan poderoso: aparentemente hemos encontrado a la pareja adecuada para reproducirnos; nos ha tocado la lotería en el juego de la vida. Cuando nos enamoramos, prácticamente todo nuestro ser se entrega a la tarea. Al menos, durante un tiempo…
Para garantizar la supervivencia en un mundo que, tiempo atrás estaba lleno de depredadores y otros peligros para nuestros ancestros que amenazaban su integridad física, nuestro cerebro cuenta con un sistema de alarma que activa a toda velocidad nuestros programas de protección.
Estas respuestas pertenecen a los circuitos defensivos más primitivos del sistema nervioso (rápidos, automáticos y situados en estructuras subcorticales) que actúan antes de que la corteza pueda evaluar con precisión lo que está ocurriendo. Esta preeminencia de la vía rápida explica por qué en cuestiones de supervivencia reaccionamos primero y entendemos después.
Tal y como se suele explicar, nuestras amenazas actuales han cambiado mucho respecto a las situaciones de riesgo a las que se enfrentaban nuestros ancestros y, sin embargo, seguimos contando con los mismos “programas” de protección de los que disponían ellos.
A veces, aún nos beneficiamos enormemente de estos programas, que pueden salvarnos literalmente la vida o ayudarnos a rendir mejor (por ejemplo, un nivel adecuado de ansiedad mejora nuestra actuación), pero a menudo tenemos la impresión de que nos complican bastante la existencia en nuestro mundo actual.
El problema surge cuando estos sistemas, diseñados para peligros físicos inmediatos, se activan ante amenazas psicológicas, sociales o simbólicas y, sobre todo, lo hacen con una intensidad que nos cuesta de gestionar. Ese desajuste entre el tipo de peligro y la respuesta es lo que convierte un mecanismo adaptativo en una fuente de malestar.
De hecho, cuando uno de estos programas se activa, lo que percibimos generalmente son las manifestaciones y consecuencias de su funcionamiento. Si nadie nos lo ha explicado previamente, no vamos a pensar: “Ay, mira, se me está activando el sistema de lucha; por eso siento parestesias (hormigueo) en los brazos. Mira qué listo es mi sistema nervioso y qué bien cuida de mí”. No: lo que ocurre es que experimentamos sensaciones muy desagradables que interpretamos como que algo no va bien y, de manera más o menos consciente, vamos a intentar que desaparezcan.
Incluso aunque sepas que se está activando uno de estos programas, evitar lllevar a cabo las conductas a las que nos impulsan puede ser muy difícil. El mismo Darwin intentó, sin éxito una y otra vez, reprimir el impulso de saltar hacia atrás cuando una serpiente del Zoo de Londres golpeaba el cristal, aunque racionalmente supiera que estaba a salvo.
Todos estos procesos ocurren de manera automática, sin que tengas que hacer nada conscientemente, y con gran rapidez.
Dependiendo del tipo de amenaza, de tus recursos y de la situación, tu organismo apostará por la huida, la lucha, la congelación o la sumisión total, y se desencadenarán en consecuencia los cambios en tu cuerpo ligados a esas respuestas.
Si te hallases ante un peligro que amenazara tu vida de manera inminente (por ejemplo, encontrarte a un desconocido con un cuchillo jamonero en el salón de tu casa), ninguno de los efectos derivados del funcionamiento de los programas de protección te alarmaría en ese momento: que la sangre fluyera a tus piernas para permitirte correr, que tu respiración y tu corazón se acelerasen… Nada de eso supondría un problema ni una molestia, porque tu atención estaría totalmente enfocada en salvarte; librarte del peligro sería tu única prioridad.
Hay una excepción: cuando el sistema nervioso opta por la congelación o la sumisión total. Aunque es un excelente recurso para salvar la vida en determinadas circunstancias (piensa en personas que, durante un ataque armado, sobrevivieron porque parecían muertas), en otras puede impedirte luchar o escapar cuando podría ser lo más adaptativo.
En general, no solemos sentirnos mal por estas reacciones cuando el cuerpo está intentando salvarnos la vida. Al menos no en el momento. A posteriori, sin embargo, es habitual juzgarnos por cómo hemos reaccionado, a pesar de que la respuesta haya sido automática y al margen de nuestra voluntad. Muchas víctimas cuyos sistemas nerviosos han reaccionado congelándose o mostrándose totalmente sumisas pueden sentirse culpables, incluso si esa reacción les salvó la vida. También es frecuente que otras personas las acusen absurdamente de “no haberse defendido”. Esto es especialmente importante abordarlo cuando se han vivido experiencias traumáticas.
Cuando el peligro no amenaza nuestra integridad física (o puede ser real, pero no del tipo que requiere huida o lucha), y aun así se activan esos programas, las manifestaciones ya se viven como aversivas desde el primer momento, y suelen generar además mucha confusión, porque la persona no siempre entiende la relación entre lo que está sintiendo y lo que ha producido la activación.
Además, no todos los sistemas nerviosos reaccionan igual. Hay personas cuyo umbral de activación más bajo y/o perciben las sensaciones internas con mucha más intensidad (por ejemplo, los latidos cardíacos), por motivos biológicos y también por su historia de vida, lo cual hace que estos programas se activen con mayor facilidad y que resulten mucho más incómodos e incluso perturbadores. También puede ser más lento el retorno a la calma.
Imagínate, por ejemplo, que tienes un ataque de pánico justo en medio de una entrevista. Tu organismo ha activado sus programas de protección como respuesta a lo que ha percibido como una amenaza: vas a una entrevista que significa mucho para ti y, por lo que sea, te sientes inseguro/a. Tu cuerpo intenta protegerte con todo su arsenal (que es el que es). Pero en esos momentos la reacción de tu cuerpo no se traduce en una sensación reconfortante de protección, sino en algo que racionalmente te resulta incomprensible, casi como una traición de tu propio cuerpo que interfiere con tus objetivos. Aparentemente de la nada surgen sensaciones aversivas, un miedo intenso y quizá una frustrante sensación de pérdida de control. El resultado puede ser que tu actuación se vea perjudicada, por ejemplo, que te tiemble la voz al hablar cuando quieres mostrar dominio, así que en ese momento no sientes ninguna gratitud hacia tu cuerpomente ni hacia sus intentos de protegerte.
EN CONCLUSIÓN
Lo que experimentamos como miedo, ansiedad o rabia no es más que una expresión parcial de estos programas de protección. Cuando lo que se ha catalogado como amenaza no es un peligro real o si lo es no exige luchar, huir o congelarse, pero el sistema defensivo se activa igualmente, las sensaciones corporales y emocionales que generan estos programas pueden volverse incómodas, desconcertantes o difíciltes de manejar. Comprender cómo funciona este sistema y cómo podemos reaccionar para que el cerebro no interprete que efectivamente estaba ante un peligro (y se reafirme en que lo que consideró peligroso realmente lo es) es el primer paso para dejar de sentir que nuestros propios mecanismos de protección nos traicionan.
En un siguiente artículo exploraré qué elementos concretos intervienen en la experiencia de ansiedad y cómo podemos empezar a relacionarnos de otra manera con estas respuestas automáticas. En artículos previos, he hablado sobre cómo manejar las crisis emocionales. Puedes aprender más sobre esto en la sección de regulación emocional o en cada una de las entradas del blog: prepararse para las crisis en momentos de calma, cómo bajar la activación durante una crisis y regular las emociones desde el autocuidado.