Explicar qué es la ansiedad, uno de los conceptos psicológicos más utilizados tanto por los profesionales de la salud mental como en el lenguaje cotidiano, es complejo por varias razones. Tal y como señala el Manual CEDE de Psicología Clínica:
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Se hace un uso ambiguo del término. Es decir, la palabra “ansiedad” se está utilizando como sinónimo de conceptos próximos (miedo, fobia, angustia, estrés, activación, preocupación, amenaza o tensión), con los que se solapa parcial o totalmente.
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Diversidad de enfoques. La ansiedad ha sido entendida como:
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Reacción emocional
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Respuesta o patrón de respuestas
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Rasgo de personalidad
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Estado emocional
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Síntoma, síndrome o trastorno mental
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Diferencias teóricas. Las distintas teorías sobre la naturaleza y el origen de las emociones afectan también a cómo comprendemos la ansiedad y sus problemáticas asociadas.
Cuando se activa la alarma de peligro en nuestro sistema nervioso, inmediatamente se producen cambios corporales y cognitivos, orientados a que nos protejamos mejor de ese supuesto peligro que ha encendido las alarmas. El problema es que esos cambios se sientes como desagradables e incluso amenazantes (¿has experimentado alguna vez taquicardias o cambios en la respiración?).
Sin embargo, aunque la ansiedad se siente como algo desagradable y que puede hacernos sentir fuera de control, tiene funciones adaptativas para nosotros. Es decir, la necesitamos y en su justa medida puede ayudarnos.
Por lo tanto, nuestro objetivo no ha de ser dejar de sentir ansiedad, sino aprender a manejarla. Con esto no quiero minimizar su impacto. No todos lidiamos con los mismos niveles de ansiedad: hay personas que deben lidiar con niveles muy intensos que les complica la ejecución de tareas muy importantes a nivel profesional, social, de desarrollo y disfrute. No es nada fácil manejarse con eso.
