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25 Febrero 2026

No vemos las cosas como son, sino como somos

No vemos las cosas como son, sino como somos

A la cita “No vemos las cosas como son, sino como somos” se le han asignado varios autores u orígenes, como Anaïs Nin (que, efectivamente, la utilizó, pero sin atribuírsela a sí misma), el Talmud o Kant. Pero, tal y como señala Quote Investigator, debería considerarse una frase anónima, ya que no podemos atribuirla con precisión a un autor concreto y existen formulaciones muy cercanas ya en el siglo XIX, es decir antes de que, por ejemplo, Nin la utilizara.

De hecho, aunque no sea exactamente lo mismo (porque ya no sólo se refiere a la percepción sino también a cómo nos impactan emocionalmente los eventos), el estoico Epicteto ya formuló la clásica: “No nos perturban las cosas, sino los juicios que hacemos sobre ellas”.

O, un siglo antes de Anaïs Nin, Ramón de Campoamor, en su poema Las dos linternas, ya exclamaba:

“Y es que en este mundo traidor,
nada hay verdad ni mentira,
todo es según el color
del cristal con el que se mira.”

¿Por qué repetidamente se ha ido haciendo hincapié en la idea de que nuestras percepciones, pensamientos e ideas no son tan fieles reflejos de la realidad? Porque es cierto, y es importante que seamos conscientes de ello. Aunque, al mismo tiempo, no creo que ninguna de estas afirmaciones sea totalmente cierta, ya que aunque una parte de nuestra percepción esté condicionada por nuestros filtros, distorsiones, y la construcción que realiza nuestro sistema nerviso, también hay una realidad que nos impacta, por mucho que decidamos encarar las cosas del mejor modo posible. 

Además, la construcción de la realidad es compartida. No es algo totalmente individual. Como plantean Peter L. Berger y Thomas Luckmann en La construcción social de la realidad, no sólo interpretamos la realidad desde quienes somos, sino que gran parte de lo que consideramos “real” ya ha sido construido previamente a través del lenguaje, la cultura y las normas sociales. Es decir, no sólo vemos el mundo a través de un filtro personal, sino también a través de categorías que nos ha proporcionado la sociedad en la que nos hemos desarrollado. 

EL EFECTO SONDER

Sea como sea, nuestro egocentrismo (no en un sentido negativo, sino como tendencia natural a ponernos en el centro) puede hacernos perder de vista que las otras personas tienen un mundo interior tan rico como el nuestro; que tienen su propia historia, conexiones, dolores, sueños y perspectivas. 

John Koenig incluyó en su proyecto The Dictionary of Obscure Sorrows un neologismo que puede resultarnos evocador: Koenig denominó efecto sonder a ese momento en el que nos damos cuenta de que las personas con las que nos cruzamos tienen su propio mundo interno y que, para ellas, nosotros también somos a veces simples extras, aunque nos sintamos los protagonistas de la película de la vida. No sólo pensarlo, sino realmente sentirlo, permite romper parcialmente ese encantamiento egocéntrico, relativizar nuestra visión del mundo y, al mismo tiempo, aumentar la empatía hacia los demás.

En resumen, sin caer en un relativismo extremo, recordar que nuestras interpretaciones son precisamente eso, interpretaciones, y no hechos objetivos, puede resultarnos muy útil: para tomar distancia de algunos pensamientos y emociones (y gestionarlos mejor), para mejorar nuestro razonamiento (siendo conscientes de nuestros sesgos) y para relacionarnos de forma más abierta con los demás (¿y si intento entender esa perspectiva que desde mi visión se me escapa?).

LOS SESGOS COGNITIVOS

Si nuestras interpretaciones no son completamente objetivas, una de las razones es que nuestra mente no está diseñada para percibir la realidad de forma neutral, sino para funcionar de manera eficiente.

Para ello utiliza atajos mentales, conocidos como sesgos cognitivos, que nos permiten tomar decisiones rápidas y dar sentido a lo que ocurre sin tener que analizar toda la información disponible. El problema es que estos atajos no siempre son precisos.

No vemos la realidad tal como es, sino como nuestra mente puede procesarla en ese momento.

Por ejemplo, tendemos a fijarnos más en la información que confirma lo que ya pensamos (sesgo de confirmación), a interpretar lo que hacen los demás en función de nuestras propias inseguridades o expectativas (lectura de mente), o a extraer conclusiones generales a partir de experiencias concretas (sobregeneralización).

Estos sesgos no son errores en el sentido clásico, sino mecanismos adaptativos: nos permiten ahorrar energía, reaccionar rápido y mantener cierta coherencia interna. Pero también pueden llevarnos a interpretar la realidad de forma rígida o distorsionada, especialmente cuando estamos emocionalmente activados.

En este punto, la clave no es eliminar los sesgos (algo imposible), sino reconocer que están ahí. Entender que lo que pensamos no siempre es un reflejo fiel de lo que ocurre, sino una interpretación filtrada.

Este pequeño desplazamiento (pasar de “esto es así” a “esto es como mi mente lo está interpretando ahora”) puede marcar una gran diferencia. Nos permite tomar distancia, cuestionar algunas de nuestras conclusiones y abrir espacio a otras formas de ver lo que ocurre. Es decir, volvernos más flexibles y tener mayor facilidad para comunicarnos y entendernos con los demás.

También nos protege, sea dicho de paso, de caer en los extremismos que tanto daño producen a nivel social.

LA FUSIÓN COGNITIVA

Si los sesgos explican por qué nuestras interpretaciones pueden ser parciales o distorsionadas, la fusión cognitiva explica por qué esas interpretaciones nos resultan tan convincentes.

La fusión cognitiva es la tendencia a adherirnos totalmente a nuestros pensamientos, experimentándolos como si fueran hechos objetivos, en lugar de reconocerlos como lo que son: eventos mentales. No es sólo que interpretemos la realidad, sino que olvidamos que lo estamos haciendo.

Cuando estamos fusionados con un pensamiento, no lo cuestionamos ni lo ponemos en contexto. Simplemente lo creemos. Si aparece la idea “voy a fracasar”, la mente no lo experimenta como una posibilidad, sino como una certeza. Si pensamos “esta persona no me valora”, reaccionamos como si eso fuera un hecho comprobado, no una interpretación.

Este fenómeno se intensifica especialmente cuando hay carga emocional. Cuanto más activados estamos, más estrecha se vuelve nuestra perspectiva y más difícil resulta tomar distancia de lo que pensamos.

Desde fuera puede parecer evidente que se trata sólo de una interpretación. Pero desde dentro, la experiencia es muy distinta: el pensamiento se siente real, urgente e innegociable.

Aquí es donde la toma de distancia marca una diferencia importante. No se trata de eliminar pensamientos ni de sustituirlos por otros más positivos, sino de cambiar la relación que tenemos con ellos.

Pasar de “esto es así” a “estoy teniendo el pensamiento de que esto es así”, o incluso “me doy cuenta de que estoy teniendo el pensamiento…”, tal y como se enseña desde la Terapia de Aceptación y Compromiso en sus técnicas de defusión, ya introduce un espacio.

Y en esos espacios aparece algo clave: la posibilidad de elegir cómo responder, en lugar de reaccionar automáticamente desde lo que la mente da por hecho, y una comunicación con los demás más consciente y respetuosa. Manteniendo nuestros límites. Pero siendo capaces de ver mejor al otro y de contemplar otras perspectivas. 

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