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23 Julio 2025

Faros: un espacio en el que compartir esperanza

Faros: un espacio en el que compartir esperanza

Esta entrada inaugura una nueva sección dentro de Psique Brava: Faros, una colección de textos y materiales en los que compartir aquellas pequeñas o grandes cosas que nos sostienen, nos dan fuerzas, encienden nuestras ganas o nos iluminan cuando acecha la desesperanza

Los Faros nacen del deseo de compartir fragmentos de sentido: palabras, imágenes, ideas o recursos que, en momentos clave, han orientado nuestro camino. Algunos serán escritos por mí, y otros podrán llegar de cualquiera que sienta el impulso de contribuir.

¿QUIERES COMPARTIR TU PROPIO FARO?

Faros es una sección abierta a la participación. Puedes contribuir con un texto breve, una imagen, unas palabras que te sostuvieron, una metáfora, una creación artística, una escena que te marcó o un recurso que te ayudó en un momento difícil.

No hace falta que sea perfecto. Lo importante es que a ti te ilumine, A veces, es el contenido, y a veces es simplemente el entusiasmo con el que lo compartimos lo que puede inspirar también a otras personas.

Si quieres aportar tu propio Faro, puedes mandarme un PDF por email o enviarlo desde la propia sección de Faros.  Estaré encantada de leerlo y valorar si está alineado con el espíritu de Psique Brava.

ENCENDEMOS EL PRIMER FARO

Hoy comparto el primer Faro. Es un texto íntimo, pero también divulgativo. Habla sobre la teoría de la evolución, pero también sobre mucho más: sobre la conexión entre todos los seres vivos, la belleza del asombro y el conocimiento, y toda la fortaleza que existe en nuestra diversidad biológica y humana. Explico cómo me enamoré de una teoría y por qué para mí la ciencia es algo que experimento con la misma belleza que me transmite una obra de arte. Aunque quizá no compartas mi pasión, espero que te llegue un poquito de ese entusiasmo que todos podemos cultivar por nuestros propios intereses

Aquí puedes descargarte el PDF con el texto íntegro, que se encuentra en la sección de Faros

LA BELLEZA DE UNA TEORÍA QUE NOS CONECTA A TODOS LOS SERES VIVOS

Si hay algo que me ayuda a coger perspectiva en la vida y que además me resulta tremendamente bello, es la teoría de la evolución. Me gusta la teoría en sí misma y me estremece la realidad que logra captar, el hecho de que todos los seres vivos provenimos de un mismo ancestro común. 

Mira a tu alrededor, lo diversa que es la vida en sus formas y “soluciones”, en sus mecanismos de supervivencia y adaptación. Los distintos animales, terrestres y marinos, la cantidad de flores diferentes en sus tamaños, fragancias, colores, y hasta las bacterias que nos pueden poner en un aprieto vital… Todos los que estamos vivos tuvimos el mismo antepasado, al que han denominado LUCA (Last Universal Common Ancestor). Probablemente, LUCA en realidad fue una población de organismos microscópicos primitivos, no un único ser vivo individual.  

¿No es una idea preciosa? Por eso podemos encontrar similitudes entre el ala de un murciélago, una mano humana y la aleta de una ballena; por eso hemos hallado fósiles que son la transición entre especies más modernas y las más antiguas. Hay todo un árbol evolutivo con callejones sin salida y éxitos adaptativos, y nosotros estamos al final de una de sus ramas.  

Alguien a quien admiro y por el que siento simpatía, Charles Darwin, pudo darse cuenta mediante sus observaciones y su capacidad inductiva de cuál podía ser la explicación. También estuvo en la pista Alfred Russell Wallace, no hay que quitarle protagonismo, pero hay algo especialmente épico en la historia de Darwin.  

Darwin, al bordo del Beagle, un pequeño buque que formaba parte de una expedición para cartografiar las costas de Sudamérica, tuvo la oportunidad de  observar diferentes especies de animales y plantas que habitaban en distintas islas, lo que los había aislado de otros miembros de la misma especie. Este aislamiento produjo que con el paso de los milenios fueran teniendo cada vez un aspecto más diferenciado, hasta convertirse incluso en especies distintas.  Ya al regresar a tierra, Darwin estuvo elaborando durante 20 años una teoría que explicaba cómo se producían esas diferencias: la teoría de la evolución, que se basa en la selección natural

Darwin, además de en sus propias observaciones, se basó en los conocimientos empíricos que los criadores de animales habían ido adquiriendo. Era evidente, también en humanos, que los hijos nos parecemos a nuestros progenitores, pero al mismo tiempo, que no somos exactamente iguales a ellos, ni siquiera teniendo en cuenta que existe una combinación entre las características de ambos padres.  La explicación es que en alguna fase de la transmisión de las características de padres a hijos se producen unas variaciones espontáneas que generan las diferencias. Algunos de esos cambios ayudarían a que el nuevo ser vivo se adapte mejor a su ambiente, otros tendrían un efecto neutro y algunos incluso resultarían perjudiciales.  

Un ejemplo que lo explica bien es el de las mariposas de los abedules, las cuales fueron oscureciéndose al iniciarse la revolución industrial, al tiempo que lo hacían las cortezas de los abedules, en las que ellas se posaban. Esas cortezas estaban volviéndose más oscuras debido a la polución.

Si de padres a hijos no se produjera nunca ningún cambio, las mariposas serían siempre del mismo color. Sin embargo, gracias a esos pequeños cambios, algunas mariposas nacían un poquito más oscuras, otras un poquito más claras. En unas cortezas oscurecidas por la polución, obviamente se camuflaban mejor las que tenían un color similar a la del árbol. Al ser menos atacadas por sus depredadores, lograban sobrevivir más tiempo y tener descendencia a la que traspasaban sus características. 

La gracia es que estos cambios no se producen como respuesta al exterior, sino que simplemente son cambios aleatorios. Algunos individuos se beneficiarán de esos cambios, ya que nacerán con ventajas respecto a sus progenitores, y otros se verán perjudicados, ya que el cambio les resultará perjudicial. Tampoco podemos decir que esos cambios sean buenos en sí mismos; en caso de serlo, lo son en relación a un ambiente concreto. Por ejemplo, las mariposas oscuras de los abedules hubieran sido un blanco fácil para sus depredadores en los bosques preindustriales.  

Todo esto lo descubrió Darwin antes incluso de que Mendel publicara sus experimentos con guisantes, que más tarde darían lugar a la genética moderna. ¿No es fascinante? Ante la falta de conocimiento sobre información de la que hoy sí disponemos, Darwin se tuvo que valer de sus propias observaciones, de su lógica y de otros conocimientos, como los existentes sobre la cría de animales.   

SINTIENDO LA TEORÍA DE LA EVOLUCIÓN  

La primera persona que me explicó realmente bien la teoría de la evolución y la selección natural fue Carlos Bidón-Chanal, un magnífico profesor de la Universitat de Barcelona, que había estudiado psicología, filosofía y biología. Fue tal el impacto de aquella clase que ese día se me ha quedado grabado en la memoria. Nunca algo teórico me había producido un impacto similar (ni me 
lo ha vuelto a producir). Ni yo misma entiendo por qué el impacto fue tan grande, pero sé que me pareció una teoría hermosa y elegante que tenía un gran poder explicativo.

Que la exuberante diversidad de la vida pueda estar basada en unos mecanismos, como la selección natural, que permiten que los seres vivos nos hayamos adaptado como especies a diferentes medios sin necesidad de ninguna planificación ni de que esos mecanismos reciban retroalimentación del exterior me voló la cabeza. 

Además, tiene algo casi espiritual comprender cuánto de profunda es la conexión entre todos los seres vivos que habitamos este planeta, todo lo que tenemos en común a pesar de nuestras diferencias. Creo que lo hace aún más apoteósico que podemos entender esta diversificación sin apelar a ningún creador.  

También me resulta bella la teoría en sí y cómo fue elaborada. Ese acto de valentía juvenil de un Darwin que tenía un temperamento nervioso que lo llevó a encerrarse en su casa años después, pero que fue capaz de subirse a bordo del Beagle, en el cual las condiciones de vida no debían ser sencillas, como un auténtico aventurero. Ese jovencito ansioso y sensible, fue capaz de 
vivir una aventura que duró años, y posteriormente reflexionar sobre lo que había observado hasta que logró conectar los puntos.  

MI AMOR POR LOS NATURALISTAS

En realidad, no es sólo Darwin, aunque sea mi favorito. Siento una especie de fascinación por los naturalistas en general. Por Alexander Von Humboldt, y sus viajes (hay un libro maravilloso sobre él, La invención de la naturaleza: 
Alexander Von Humboldt, de Andrea Wulf), por Gregor Mendel y sus experimentos con guisantes, por Carlos Linneo y sus clasificaciones sobre los seres vivos. Ellos y sus ilustraciones, mediante las que lograron plasmar de una manera tan bella sus observaciones para tratar de entender, poner orden y transmitir; sus viajes , a veces cargados de aventuras, que además registraban diligentemente en sus cuadernos; su persistencia y su amor por el conocimiento.  

La humanidad, que es capaz de lo peor y de lo más hermoso, creo que manifiesta en esas vidas, en esas mentes y en esas obras, algunos de los dones más valiosos de las personas. Contemplar uno de esos delicados bocetos, me conecta con algunos de los aspectos que más me fascinan de los seres humanos: la curiosidad, la capacidad de conectar con la naturaleza, de 
explicarla, el amor inagotable por el conocimiento, las luchas y la persistencia para poder sintetizarlo y transmitirlo con claridad y elegancia.  

Hay otra idea que me fascina, que la vida, después de resistir, diversificarse y expandirse, después de conquistar los lugares más inhóspitos del planeta con sus diferentes atuendos, al final se haya podido hacer consciente de sí misma a través de nuestros ojos. Y además, conocerse mejor a través de esas mentes inquietas y observadoras. Es abrumador todo lo que ha tenido que ocurrir desde que surgió la vida, emergió del agua, y fue diversificándose a lo largo de los milenios, hasta que nació la primera persona capaz de ser de verdad consciente de lo que significaba la vida. Con el tiempo,  pudimos incluso descifrar cómo había sido el proceso. Un ser vivo por primera vez comprendía el milagro de la vida.  

Pero no sólo me estremecen las grandes ideas, los grandes logros. A veces, visitar un lugar que respira amor por la naturaleza, como el Hortus Botanicus de Amsterdam, uno de los jardines botánicos más antiguos del mundo, con su invernadero para las mariposas, su hotel para insectos y sus explicaciones sobre las cicas, plantas que aparecieron en nuestro planeta antes que los 
dinosaurios lo poblaran, es una experiencia casi sagrada para mí.  

NUESTRA DIVERSIDAD COMO FORTALEZA 

También me gusta pensar en las implicaciones sociales que tiene comprender de verdad cómo funciona la diversidad biológica y humana. Las personas somos necesariamente diversas, es parte de una de nuestras características más esenciales como humanos y como seres vivos. Es absurdo esperar que todos funcionemos de la misma manera y es cruel con los que sin elegirlo, por un 
motivo u otro, funcionan en los márgenes o pertenecen a minorías. Somos fuertes como especie porque somos diversos. Y las mentes que pueden tener dificultades en algunos aspectos pueden ser las mismas que permiten dar saltos a la humanidad precisamente por su independencia de campo y su visión peculiar de las cosas. Amemos y celebremos nuestra diversidad humana, incluso cuando parezca no aportar, incluso cuando no entendamos las diferencias del otro. Es lo que ha permitido que LUCA dejara de ser LUCA para convertirse en un tiburón martillo, un eucaliptus, una abeja, y también en ti y en mí. 

Por eso quiero encender este primer faro: para recordarnos que somos fruto de una historia compartida, diversa y profundamente hermosa.

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